Vox horrÍsona

Poemario de Luis Hernández Camarero
Fotografía tomada y donada por Betty Adler


 

Los 17 años de IllariOrg y Luis HernÁndez Camarero en LÍnea

 

Luis Hernández se fue del planeta el mismo año en que yo llegaba a Lima para empezar la secundaria. Una ciudad que me era indiferente sólo las grandes casonas de la Avenida Arequipa y Salaverry me interesaban, no tenía tramado un plan de vida aún pero el amor por la arquitectura y las letras ya corría por mis venas. Ya escribía desde niña, pequeños cuentos o poemas. No por nada mi familia estaba llena de arquitectos somos descendientes del más grande arquitecto que dio América del Sur en el siglo 19: Lucas Poblete.
Llegó el tiempo de ingresar a la Universidad por más que mi primo hermano se mataba tratando de hacer un trazo lineal a mano alzada se dio por vencido. Mi dislexia era mayor que lo que se imaginaba el profesor Moreno del Colegio Internacional Británico de Arequipa. Cansada de dos años sin vacaciones de verano les digo a mis padres: NO VOY A IR A LA UNIVERSIDAD. Lo cual causó llantos tragicómicos en casa. Mi padre me veía convertida en una científica por mi facilidad en las materias de esa rama, mi madre en abogado (para que cazara buen marido creo yo). Como desde los 3 años se dieron cuenta que leía y a los 4 escribía y según primos y tíos míos haciendo matemáticas de secundaria a los 7 (teniendo siempre el problema de voltear las palabras Varsovia se convertía en Varvosia) nulidad para cualquier deporte salvo la natación, el ballet o la danza. Todo lo que tuve que dejar al salir de mi natal Arequipa.
Ingresé a dos Universidades, en una fallé por décimas ya que me presenté a escondidas a letras habiéndome preparado toda la vida para ciencias y fue en la tercera Universidad que ellos decidieron ya que era menor de edad que fuera. Por supuesto NO HABIA FACULTAD DE ARTES O LITERATURA. Pero quedaba relativamente cerca de casa.  Y ante el horror y burla de los profesores de la Sigma cuando vieron los resultados de mi examen a la Cato (hubiera ingresado en cuarto puesto si me hubiera presentado a Ciencias).  Pero lo que logré fue ser la profesora más joven de la institución: Letras, humanidades. Estudios Generales como diría Lucho papayita nomás, el calvario llegaría el año siguiente: Derecho. Ya había trazado mi plan clases de Derecho hasta las 3, de allí disparada a Comunicaciones hasta las 10. Pero como era menor de edad no podía pedir mi cambio de especialidad.
Tendría 16 años cuando dejé de mover el cuello y la cabeza, por casi un mes lo oculté hasta que se hizo obvio: depresión fóbica. En clases me daban ganas de patear el pupitre y decirle al que tenía al frente: “No puede decirlo en dos párrafos y se tira dos horas en dar una conclusión”. Mientras en el Pabellón del frente las letras y los colores. Todo me fascinaba. Pero no podía cambiar de facultad porque era menor de edad. Pero la depresión fue mi salvación hacia la locura Luis Enrique Ascoy me llevó de la mano a los talleres de Arte de la Universidad allí al frente de la cancha de fulbito, pasando el aeropuerto. Como diría un fallecido decano de Comunicaciones la música es la armonía del sonido, mientras la arquitectura es la armonía del espacio. Allí pasó la depresión, vinieron las notas, los acordes, el sentirse parte de un ente mayor mi voz de soprano ligera danzando lo que mis pies ya no podían por una fractura en los dedos.

Pasado el cuadro, estaba con John Lindley III sentada en las escaleras de Comunicaciones y él leía ávidamente un libro pequeño color rosa/morado y con papel de Biblia:  VOX HORRÍSONA. El único poemario que Luis Hernández dejara publicado en vida. Había solo un tomo en la biblioteca y entre ambos lo leíamos, uno lo entregaba y el otro lo recogía. Ya Gabriel Prado Límaco había llegado a mi vida en los talleres de poesía. Leer a Luis Hernández era una transformación a cualquier mente que fuera cuadriculada, sus recovecos que iban del castellano al inglés con pintas de alemán. Sus fórmulas matemáticas metidas en versos, las notas musicales en cada línea. Unos trazos de dedos silenciosos armando una armonía escalofriante y tierna a la vez. El libro se perdió de la biblioteca. Lucho, salvo en mis fotocopias se había ido de mi vida.
Ya había cumplido la mayoría de edad, hora de cambiarme de Facultad. ¡Pero ya estaba en mitad de carrera! Ya no podía dar marcha atrás Carlos Hayre y mi padre me dieron el mejor regalo de adultez: Sofronia, una guitarra diseñada para mis diminutas manos.  Mi niñez había transcurrido sentada en las faldas de mi abuelo con sus grandes libros en las manos y yo leyendo con él, ya al momento de vivir a tiempo completo con mis padres eran las notas del acordeón y la guitarra de mi padre las que acompañaban mis dibujos, poemas, libros, fórmulas, geometría, los colores que compraba en vez de caramelos.
Ya antes de terminar Derecho ya había expuesto y sido publicada usando los nombres de mis dos abuelas combinadas. Ya Lucho me había contagiado de sus cuadernos Loro pintados con lápices a poemas hechos en cartulina quemada al propósito con pintas en óleo o crayola quemada expuestos cada año ¿Quién es María Alicia Roldán? Era la misma niña de 6 años expulsada del colegio de monjas a los 6 años por decir que María había dado a luz por cesárea. La misma adolescente que levantaba la mano bien arriba para decir acá estoy a la hora de la lista para correr al Pabellón de al frente o cruzar la Universidad porque llegaba tarde a ensayo, a lectura, clase de fractales o a cualquier cosa que se me cruzara por la cabeza y llenaba de pasión.
Décimo de Derecho, abren la segunda especialidad de Sistemas: “Abierto solo para Bachilleres en Ingeniería” otra patada más con el pie izquierdo, otra fractura más. Desde los 13 o 14 ya ayudaba a mi padre a hacer los ploteos de los mapas geológicos en su Spectrum. Él no era hombre de darte dinero para vestidos o fiestas, sacaba plata de donde sea para libros o cursos, nunca para frivolidades.
Paseando por la Feria del Libro de Miraflores veo algo conocido que por 8 o 10 años estaba buscando eran hojas de los cuadernos Loro de Lucho. Pregunto si los podía tocar, oler. La edición había constado de 300 y pico  ejemplares y no quedaba uno solo para la venta, pero el vendedor me dijo: “Te consigo uno”. Hora y día acordados puerta del Cine Orrantia: Allí estaba mi tomo de VOX HORRÍSONA, no lo vendían porque las páginas finales estaban en papel normal, era un ejemplar fallado. Salgo corriendo con él y con tres correas de cuero que el muchacho hacía. Ya era Bachiller en Derecho.
A mi asesor de Tesis le gustaba la manera que tenía de ordenar ideas. Me pagó clases de DOS y un procesador de texto. Luego ya iba a reemplazarlo a clases para él viajar a dar sus exámenes de doctorado. Y por supuesto yo transcribía todo lo suyo en su PC sin disco duro a cambio de nada. Llego a Facultad y encuentro a todos casi llorando: la digitadora había renunciado sin previo aviso. No sabían cómo se prendía esa cosa con nombre IBM, prendo la máquina le pongo el floppy disk. Arranca pongo el otro cargo el procesador de texto y pregunto: “¿Qué hay que tipear?” Ayudo dos días, al siguiente me dicen: “Tu pago es de tantos al mes”.
Mis padres ya aliviados y mi madre soñando con verme en faldita y saco y yo con la idea: “Arquitectura 4 años más…. No está mal, pero tengo talento para estas vainas”. Me obligan a sacar el título, ya todos eran licenciados y yo seguía leyendo matemáticas lógicas, revisando fractales y a buscar expedientes un mes para cumplir 25. Por supuesto revolcada con goleada del equipo contrario, para mí eso era un trámite para dejarles colgado el título y ganar más dinero para mis ahorros fue el mismo día que cumplí 25. Aprobada por humanidad. Al fin y al cabo, me importó un poroto. El examen de admisión para Sistemas, la Maestría ya había sido abierto para cualquier bachiller, sea de la carrera que fuera.
Internet no existía, salvo para unos cuantos nerds que andábamos pegados en la única sala en la Universidad, siempre éramos los mismos pegados a las pantallas azules en UNIX y con cuaderno en mano para apuntar la larga línea de código para acceder a algún telnet antes de las 12 pm., hora en que apagaban los servidores en Europa. Un día veo a todos pegados en una sola máquina habían creado HTML, hacías un clic en las letras azules subrayadas y entrabas a donde quisieras.
Paso los exámenes escritos para sistemas, en la entrevista 5 tipos convenciéndome que yo venía de letras y que no me aceptaban ni a cañonazos o si me paraba de cabeza. “Pues bien si mis compañeros estudian 1 vez yo apruebo a la tercera, pero las ganas de ser Ingeniero no me las quita nadie”, se para uno de ellos: “Bienvenida a la Maestría en Sistemas”. Ya había abandonado la idea de Arquitecto por ser disléxica, ya años después se crearían las herramientas gráficas para poder hacer una línea recta haciendo clic y pulsando mayúsculas.
Pocas semanas después encuentro a mi padre muerto, murió contento por verme entrar en el camino correcto: “ciencias” pero me dejó 3 hermanos, una madre, abuelos que mantener. A trabajar, estudiar, enseñar, limpiar vidrios. Lo que fuere porque no les faltase que comer y yo poder estudiar.
En clase de redes, me acuerdo bien era un FAP me encuentra en notepad haciendo una Web, ya existían los colores e imágenes en ellas y era una forma de combinar el arte con la ciencia, se ríe de mí: “Apuesto que no me haces un ingreso a base de datos”. Yo le respondo “la hago, pero me apruebas con 20 y sin dar exámenes” ya existía VOX HORRÍSONA en línea en Geocities pero comprar un nombre de dominio eran cientos de dólares que no me podía dar el lujo de gastar, mis hermanos recién estaban empezando a trabajar y con sueldos irrisorios.
Unas semanas de estudiar, trabajar, investigar como Netscape había hecho ya entrada a base de datos con JavaScript, acá estaba la respuesta, ver código fuente, copiarlo. Probarlo con una base de datos de juguete, hacer un carrito de compras. Ya estaba lista, se la llevo. Pero había uno que trabajaba para la ONU y le llevó la versión HTML de ISIS un sistema de bibliotecas. Ya la conocía. “Oye y como se hace la línea para llevarlo del formulario a la base”, por supuesto que sabía que él ni había agarrado código. Gané, mujer casi la mitad de su edad y con el estigma de ser abogada. Estigma que en el mundo de Sistemas cargaré por el resto de mi vida.
Navidad de 1998. Ya los nombres de dominio costabas unos 30 a 50 dólares, el 28 ya el dominio era mío como no era para fines comerciales. Puse la página en varios concursos gané dos. Lucho me hizo ganarlos. Lucho siempre Lucho. Me llaman por teléfono era una periodista. Betty Adler quería conocerme, cita un sábado a tomar el té. Fue el abrazo más bello de mi vida, la frazadita de Lucho. La agüita salada que va a la mar. La mujer del Capitán Dexter, la que acompañaba a Gran Jefe de un Lado del Cielo. Betty, mi musa, la musa de Lucho. Las dos mujeres que lo hemos amado desde que lo conocimos ella en persona yo en verso. Pasaron los años y el amor sigue intacto.
Años después el autor de “La Armonía de H” me contactó para hacerme una entrevista, le presenté a un amigo de infancia de Lucho, Betty no quería hablar sobre el tema. Pero su raíz cuadrada de menos uno sigue en los polos de los adolescentes. Adolescentes que a la misma edad o mayor que yo lo conocimos.
IllariOrg, es y será siempre la casa de Illa, de Betty: de Lucho. Hoy cumple 17 años el próximo la mayoría de edad. En su niñez y adolescencia ha querido ser robada por una ONG en Cusco y una Pesquera en Ecuador. Pero ya es adulta y seguirá siendo el hogar de Lucho y de aquellos que quieran verla, abrazarla. Ha hecho conocidos a muchos músicos, poetas. Aquellos que le dieron valor y la reconocen bien, aquellos que no levanten la mano que apretó delete. IllariOrg hoy cumple 17 años, con algunos años de interrupción por estar yo en silla de ruedas. Pero este 2015 volvió y con fuerza. Ya el siguiente 28 festejaremos su mayoría de edad.
Lucho está tocando a Mozart en el piano, recordando a Polito de Bélgica. Gran Jefe un lado del Cielo me llama a dormir.
Illari

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

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