Vox horrÍsona

Poemario de Luis Hernández Camarero
Fotografía tomada y donada por Betty Adler


 

Para leer a Luis Hernández

 

A TODOS LOS prófugos del mundo, a quienes quisieron contemplar el mundo, a los prófugos y a los físicos puros, a las teorías restringidas y a la generalizada.
A todas las cervezas junto al mar.
A todos los que, en el fondo, tiemblan al ver un guardia.
A los que aman a pesar de su dolor y el dolor que el tiempo hace flore-cer en el alma.

 

 

Hoy luego de días de esperar esa información que no llega o que sé no llegará para IllariORG me dije: “Lucho está olvidado ¿Lo vas a dejar en el fondo del armario?”


Y comencé a releer sus poemas, que poner. ¿Cuáles son los que no lo conocen a profundidad y sólo lo llaman raíz cuadrada de menos uno, o el Capitán Dexter?

De nuevo a leerlo, releerlo. Sentirlo. Y no podía dejar de leerlo y sentir su amor, su dolor, la soledad infinita. Esa soledad que él llamaba la de los dedos silenciosos.

¿Por qué el dolor en el deltoides? ¿Por qué el del serrato? Encontrar el porqué de esos dolores íntimos que nunca lo dejaban.


Encontré el dolor en sus canciones de amor, en los juegos de palabras e idiomas.

A Lucho le dolía el amor, un amor que nunca se acaba como diría él. Le dolía la soledad.


Es imposible compararlo con otro poeta de su tiempo, ni Heraud con un balazo en el pecho ha dibujado un mundo interior tan complejo, lleno de comparaciones con músicos, poetas. Y su dolor interior.


Su afán de huir cual prófugo de un mundo que le dolía, un mundo que sólo aplacaba una cerveza junto al mar o un helado sentado en un jardín.


Tan compleja y humana es su poesía, que ahora comprendo a Yerovi.  Y también lo veo con su “indómito candor” con un libro bajo el brazo.


Veo su rostro en su camiseta celeste y lo entiendo. Y no sólo lo entiendo a él, sino a mí. A todos los que se enamoraron de la poesía del médico que con una llanta colgada en su improvisado consultorio tenía tantas cosas en la cabeza: el paciente que atendía, él como auto paciente. El músico y matemático.


¡Lucho el del silencio infinito que trataba de ocultar bajo sus juegos de palabras en diversos idiomas, en diversos ritmos! El palomilla que ocultaba algo bajo sus sueños de capitán de un barco que cruzaba el universo, sintiéndose libre de ese dolor que lo agobiaba.


¿Cuál era ese dolor? Se me atragantan las palabras y cual él con un cigarrillo entre los labios lo entiendo. Lo percibo, él me dicta estas palabras.


Imprimió ese dolor en cada garabato de niño primarioso, con sus lápices de colores que supongo eran de cajitas amarillas como los que yo usaba de niña. Lucho huía de ese dolor interno que percibía en cada nota de Mozart, en cada verso de Neruda, en Percy Shelly. En el mundo terrible de los 70s diste una cátedra maestra del dolor humano disfrazado de sonrisa y humildad.


¡Lucho, Lucho, Lucho! No me dejas huir de tus poemas, no son poemas para declamar en voz alta son poemas silenciosos. Es tu mundo, tus colores, ese deltoides, la espalda ¿Qué te dolía tanto Lucho?


Ahora solo sé que me dueles, porque expresaste antes de yo haber nacido. Lo que duele ser un mundo silencioso.


Te veo, inmerso en la soledad del que está rodeado de una multitud de gente, colores, ritmos. Te siento,  escucho el raspar del lápiz sobre una hoja de papel Loro, eso era lo que te dolía Lucho.  La soledad que te hacía huir disfrazándote de colores y versos. Te escucho, un rumor silente entre las olas del mar.


Te leo y siento esas mismas ganas tuyas de volar hacia constelaciones lejanas. No basta el mundo exterior, es el propio, el que para uno mismo es ajeno. Cómo sentarse frente a una ventana y ver el ruido de la lluvia. Ver a todos moverse de un lado a otro y sentirse anclado en el silencio propio.


Te siento, veo, escucho, te huelo. Lucho Hernández no sólo te veo, siento. Me acurruco a tu lado y la espalda se me hace añicos.


Allá los que te usan como un cliché o un anuncio de neón, no saben de esa soledad infinita, de esos trazos de unos dedos silenciosos que rompen la implacable limitación del alma.


Supiste hacerte leyenda Lucho, en los rieles de ese tren en el 77 (número fatal). Dictaste cátedra esa noche, en la oscuridad del que trata de huir en medio de un estruendo.

 

Illari
(31 de marzo de 2015)

 

 

 

 


 

 

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