Vox horrÍsona

Poemario de Luis Hernández Camarero
Fotografía tomada y donada por Betty Adler


 

COLOFÓN

 

Cuando me digo a mí mismo que ya han transcurrido más de seis años desde aquel terrible octubre que se llevó a Luis Hernández; cuando esto me digo nada escucho ni comprendo.

Cierro los ojos y puedo verle todavía: sus ropas blancas y aquel blazer azul a la medida; un andar sosegado y laxo, cadencioso y sorprendentemente fácil; la sonrisa que había en su mirada y ese indómito candor.

Fue a mediados de 1975 cuando empecé a reunir los versos que Luis escribía para dispendiarlos. Esos eran cuadernos asaltados por su traviesa y transida poesía, por el color que agregaba su mano en la forma de dibujos hermosamente pueriles. De esos cuadernos, veintocho logramos congregar para mi tesis doctoral que luego fuera parcialmente publicada en VOX HORRÍSONA, la edición que en 1978 hizo Omar Ames. Sucedida la desaparición de Luis en Buenos Aires y enterados muchos de sus amigos de la labor que había yo hecho al recopilar los cuadernos que él les había obsequiado, se acercaron a mí con el fin de que continuara este trabajo proporcionándome una veintena más. La edición que ustedes tienen en sus manos reúne este legado, que sin más mérito que una gran admiración por su poesía, pusieron Luis Hernández y el azar a mí alcance.

Ernesto Mora vino a verme hace unos meses. Yo le vi apasionado por la obra de Hernández, deseoso de editarla en su integridad y eso, simplemente era lo que desde hacía mucho yo ansiaba. Comprendí que no era el único desquiciado por la bellísima poesía de Luis, por el afán de hacerla pública. Ernesto también había sido fulminado por la belleza aleve de esos versos dirigidos a nadie. Entonces puse a su disposición la totalidad de los cuadernos originales que tenía en mi poder, luego de consultar a la familia del poeta; asimismo, la transcripción mecanográfica que había hecho de ellos con la ayuda de Belisa Salazar y el texto de mi tesis universitaria.

Ahora veo, cuando la edición de este tomo se halla a punto de culminar, que Mora es un hombre de tenacidades tan grandes como sus pasiones; y en el Perú, lo cual ya es decir.

Imagino que Luis Hernández actuaría frente a este volúmen como lo hizo ante aquel de mi trabajo doctoral: llevarlo por un par de días bajo el brazo, permanentemente, cariñosamente, y por último obsequiarlo como quien entrega en el desierto su única rosa de agua. Así era Luis, generoso y solitario, espléndido y dueño de su límpida pobreza, inasible y legendario cual es en este mundo todo lo indescriptible.

A veces, cuando llego a convencerme que ya nunca más lo habré de ver, lo veo: yendo hacia ninguna parte, palomilla extraviado en los manglares de su sueño, serenísimo y felíz.

Lo veo.

Nicolás Yerovi. Barranco, 1983.

 

 

 

 

 


 

 

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